Correr
Corrimos en el callejón, ¡rápido!
pues tus tacones se deslizaban antinaturalmente al punto de derribárseles las columnitas rojas; entonces los pies al desnudo no resultaron tan incómodos en la huida. ¡Vuelta en la esquina taquicárdica! abiertos los ojos así de grande, así de temerosos, y continuamos amasando violentamente el concreto con nuestros pasos atletas. Quiero decirte que no habría imaginado la inyección fría que te para el corazón, esa entrada fortuita de adrenalina y ganas de vivir.
Sólo queremos pastar tíbia y relajadamente en una rutina sin reloj.
Ahora lo único que interesa es entrar a ese supermercado con ganas de disfrazarnos como esposos indecisos entre el televisor de plasma o pañales.
Nos ocultamos en la selección de verduras, en la barata de productos de limpieza, y cuando ya nos creímos libres compradores estirando los dedos hasta el dos por uno en cajas de cereal, aquél apareció enfurecido con cara de concreto de carretera bajo el sol, temblando y negra.
Gritaste algo como un rugido, tiré de ti y tu vestido aleteó hacia el infinito de la salida de emergencias, mientras mi traje negro se perdía entre ser un héroe y enfrentar al cara-de-calle o seguir tu vuelo a la cándida perdición avenidistica. Pronto la decisión fue impuesta por los ojitos negros de aquél que fue nuestro motor; ¡No es contra ti, retírate!, lanzó su amenaza de piernas abiertas y puño cerrado.
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